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El "Bebe" Anchorena PDF Imprimir E-mail

En todas las actividades humanas encontramos personas que se destacan particularmente por sobre otras. Hombres o mujeres que brillan envueltas en un halo, digamos... Casi mágico. El tamiz inexorable del tiempo atrapa a algunas de ellas para convertirlas en leyenda, o a veces en mito, alcanzando la inmortalidad en lo más profundo del corazón de aquellos que los admiraban y respetaban. Ese es el caso del José Evaristo Anchorena: El “Bebe”.

Bebe Anchorena aún vive, en la ciudad de Buenos Aires en su Argentina natal. Cuenta con 88 años y ya no pesca desde el año 1995, privando a quienes lo pudieran observar de su destreza y habilidad cuando empuñaba una caña de mosca con su mano izquierda. Pero la historia comienza allá por el año 1945, cuándo el Sur Argentino lo sedujo, lenta pero inexorablemente. Por ese entonces aún no había descubierto el mundo de las plumas y el loop, y era así que pescaba con equipo de spinning y señuelos tradicionales; fue al año siguiente cuando en busca de nuevas emociones regresó, pero con su primera caña de mosca, una Hardy de tres tramos muy pesada que consiguió en un comercio de artículos de polo en Buenos Aires. Así es que comienza una larga historia de anécdotas, amigos y de pesca recorriendo el país. En una época en que el solo hecho de viajar, lo transformaba a uno en un aventurero.

Hubo una persona muy importante en la vida del Bebe, inseparable compañero de aventuras y amigo de toda la vida: Jorge Donovan. Juntos forjaron los inicios de la pesca con mosca en nuestro país. Jorge Donovan ya no vive, pero algunos conceptos sobre su amigo y sus anécdotas juntos fueron motivo de artículos en revistas de la época tales como: Camping y Safari. En uno de ellos, “Los amigos que la mosca me dejó”, Donovan hace referencia al Bebe:

“Cuantos años pescamos juntos casi no recuerdo… Pero con él puedo asegurar hicimos la primaria, el bachillerato y los estudios superiores de la pesca con mosca, el Bebe por supuesto se graduó con las máximas calificaciones. Su estilo, su eficacia en el casting lo colocan en el primer plano y es más, rebasa los límites nacionales para colocarlo entre los mejores del mundo. Maestro indiscutido del double haul. Su estilo personal está basado en un timing perfecto, su mano derecha (es zurdo) trabaja incesantemente sobre la línea, con gran ritmo y cadencia. El porcentaje de tiros correctos es elevadísimo y la distancia está por encima de lo normal. Tirando una mosca seca o una skattig-spider se aprecia su tremenda eficacia. Su enorme dominio de la mano del haul le permite hacer tiros de 20 ó 25 metros sacando sólo 5 ó 6 metros de línea. Hay un lugar en la boca del Chimehuín que se llama “Abajo de los bushes”…El único chance para tirar es sacar 5 ó 6 mts. de línea, hacer un back cast muy fuerte y muy a tiempo, ya que el tiro para atrás, para arriba, no favorece para sacar distancia, en fin un lance sólo para expertos muy capacitados. Lo he visto al Bebe pescar un skating-spider en ese lugar y colocarla en los lugares más apartados pero más adecuados. Realmente es un espectáculo ver la maestría y el dominio que ha adquirido el Bebe en el difícil arte del casting con caña de mosca. …Otro tiro magistral que realiza son los cambios de dirección, verlo parece tan fácil que a muchos no les llama la atención…   

Además de tirar bien, como conocedor de ríos de trucha está a la altura del mejor, no sólo de los ríos que conoce sino de los que no conoce. Sin duda sabe leer el agua y dónde están los peces… En la Boca es el número uno, sin lugar a dudas…”

Bebe Anchorena, Jorge Dónovan, Joe Brooks y Charles RadziwillUno de los momentos más decisivos de la historia de la pesca con mosca Argentina, tuvo como protagonistas a este dúo de magistrales pescadores y mejores amigos. En un viaje de negocios, Donovan viajó a Canadá y a su regreso pasó por Nueva York. Su pasión lo apartó por unos instantes de las obligaciones y fue a visitar una de las casas de pesca más conocidas de la ciudad. El destino quiso que se encontrara con uno de los pescadores norteamericanos más famosos por esa época y pionero en la pesca con mosca en agua salada. Esa persona era Joe Brooks. Como sucede con frecuencia entre pescadores, no hubo inconvenientes en trabar amistad y como era de suponer en tales casos, se ofrecieron mutuamente sendas invitaciones a pescar. Donovan fue directamente de allí a la casa de su nuevo amigo en Isla Morada en Florida, y más tarde Brooks visitaría la Argentina. De esa manera, entre el 12 y el 20 de febrero de 1955, uno de los más grandes exponentes que tuvo la actividad, llegó a la Patagonia Argentina. El Bebe y Donovan esperaron ansiosos la llegada del maestro norteamericano, y aún hoy Anchorena afirma de manera concluyente: “Que la pesca con mosca en Argentina se divide en un antes y un después de Joe Brooks”, y para que no queden dudas aclara: “Con él se produjo un quiebre en todo lo que conocíamos y practicábamos”. Brooks en su primera visita a la Argentina, trajo consigo un equipaje que consistía primero en una vasta experiencia, gran cantidad y calidad de equipamiento, y moscas que llamaron la atención por su inmenso tamaño, y que el Bebe y Donovan bautizaron como: “Brochas de afeitar”.

El tamaño de esas moscas, estaba relacionado al tipo de pesca que Joe Brooks estaba acostumbrado a practicar en sus ambientes preferidos de agua salada, dónde los Striped Bass y los Bonefish (macabi), eran presas habituales. Dichas imitaciones, se ataban en anzuelos número 1/0 con cuerpos metalizados y alas de pelos de ciervo bien largas (siete u ocho cm), en colores preferentemente claros. Uno de los modelos más conocidos fueron las “Blonde”, que a partir de ese entonces comenzaron a ser utilizadas por los pescadores argentinos. El primer lugar que visitó Brooks fue la boca del río Quilquihue en el lago Lolog, que lo recibió a poco de comenzar a pescar, con una trucha arco iris de 4 Kg. A esta le siguieron otras de entre 4 y 6 Kg. lo que hizo decir al maestro norteamericano: “ En una hora y media de pesca obtuve las dos truchas más grandes de mi vida, cuando vuelva a casa nadie me lo creerá”. Al día siguiente, el Bebe y Donovan llevaron a Brooks a la boca del Chimehuín, dónde obtuvo seis truchas de más de 4 Kg. Pero el último día de pesca obtuvo, con un popper, su récord de trucha marrón que pesó 7 Kg. El estado de excitación de Brooks era tal, que el Bebe muy ocurrente, “Diagnosticó” como fiebre de la boca a esa “Enfermedad”. Esto fue utilizado tiempo después por Brooks para escribir un artículo con ese título: “Boca Fever” en la revista Outdoor Life (1955), en el cual sus amigos argentinos tuvieron su destacada participación.

El Bebe AnchorenaTal vez una de las anécdotas más famosas sobre el Bebe, sea la de la renombrada trucha de once kilos capturada el 2 de marzo de 1961 en el río Chimehuín, cerca de la Boca: “La de los once”, la bautizaron. Esa temporada no había sido particularmente buena para el Bebe, y el ultimo día de pesca decidió elegir una zona del río en donde pudiera pescar en tranquilidad lejos de la gente que se juntaba habitualmente cerca de la Boca. Así fue que a doscientos metros río abajo de la embocadura, comenzó a pescar con una caña Ted Williams de fibra de vidrio de 9 pies para línea 9 y una Honey Blonde atada a la punta del leader. La experiencia duró 45 minutos aproximadamente, y en un artículo de la revista Camping, el inolvidable Zapico Antuña, cuenta en palabras textuales de Bebe:
“...Alcanzo a ver una marejada detrás de la mosca y enseguida siento un tirón impresionante. Era un pez realmente grande. Rápidamente sacó 60 metros de línea y reserva. Más abajo, en el centro del río hay un tronco grande, si es una marrón como parece, seguramente buscará enredarse en él para escapar. Sin embargo decide frenar y se planta en el centro de la corriente, como una roca. Aplico toda la fuerza que permite el equipo: el leader resiste 6 libras. ¿Pesará 7 kilos? Transcurren diez largos minutos y empleo todos los recursos que se me ocurren. Bruscamente la trucha arranca con una velocidad inicial que me hace una “galleta” (enredo) en el reel, a pesar del registro correcto en que lo tenía. Atino a correr para acompañarla y evitar así que corte, mientras arreglo el hilo. Esto sin embargo me cuesta más de un tropezón y un golpe contra el suelo. Finalmente se detiene y comienza el efecto de la caña que lentamente la va acercando. Alcanzo a ver una cola inmensa y de un solo golpe vuelve a sacar 50 metros de línea. Sale la luna y el espectáculo es indescriptible. Tiemblo de emoción y de cansancio. Vuelvo a recuperar y busco, esta vez agua tranquila y baja. Descubro una gran piedra, que tiene detrás seguramente buen reparo, y logro llevarla hasta allí. Entra rendida, y entonces busco en su cuerpo interminable el lugar para asegurar el bichero y la presa. Mis hijas que han presenciado las últimas alternativas de la lucha, me alcanzan una balanza que marca solamente hasta 9 kilos. El resorte pega sonoro en el fondo...”

La de los onceBebe desempolva los nutridos estantes de sus memorias de pesca y nos regala algunas anécdotas más que alimentaron esta fascinante historia. Como resultado del asombro de quienes fueron testigos de esa prodigiosa captura, la trucha fue pesada dos veces más, como si a pesar de todo, lo que los ojos veían no fuera cierto. Primero, lo hicieron inmediatamente después en la boca del Chimehuin. Entre la muchedumbre que se agolpaba alguien consiguió una balanza más poderosa, y la increíble cifra de once kilos se mostró contundente. Más tarde, en la hostería donde se alojaba el Bebe, la excitación general no cesaba y un pescador irlandés que también se hospedaba allí, trajo una balanza Hardy y la colosal marrón acusó la épica marca de 24 libras. Cuando Bebe quiso devolverle la balanza no hubo manera de que el irlandés la pudiera aceptar, ofrendándola como muestra de profundo respeto por quien acababa de batir el record mundial de la especie con mosca. Este registro se mantuvo por muchos años.

Ernest Schwiebert, uno de los más renombrados autores norteamericanos de artículos y libros de pesca con mosca, hace un extenso relato, más o menos ajustado a los hechos de esta captura, en el cuidado libro: “Aguas Lejanas” de Val Atkinson. Muchas otras publicaciones extranjeras también la refirieron después. En el corazón de casi todos los pescadores, vive la sospecha de que antes nadaban por los ríos patagónicos truchas mucho más grandes que las de los tiempos actuales. Pero eso no desmerece la destreza y la experiencia que desarrollaron aquellos que, como el Bebe, desafiaron las aguas de ríos y lagos con equipamientos mucho menos sofisticados y desarrollados que los actuales. Cultivando la paciencia, la observación, y con una habilidad incomparable, muchos pescadores de antaño consiguieron arrebatarle a las aguas de ayer, seres que se cobijaban en sus fríos brazos, para convertirlos en magníficos recuerdos que todavía hoy nos asombran. Pero no sólo esta trucha alimenta el extenso archivo de pesca del Bebe. En su memoria quedó indeleble el recuerdo de otra de ocho kilos, que por su bravía lucha, agitó como pocas veces el corazón de pescador de Anchorena. El 5 de marzo de 1968, tuvo otra descomunal batalla también con una enorme trucha marrón que “Empequeñecía a la de once kilos”, pero después de 45 inolvidables minutos inclinó la balanza, esta vez a su favor, y con un repentino corte, volvió herida pero triunfante a las profundidades de su pozón.

Joe y el Bebe tomando Mate La casa que construyó Anchorena a orillas de su amado río Chimehuin, una de las casas más bonitas y amplias de la región, era el fiel reflejo del amor que sentía por ese paraíso que tantas alegrías le brindó. Él no habla de los años felices que transcurrieron allí, pero sabemos que alrededor de ella se condensaron la mayoría de sus afectos y recuerdos más profundos y perdurables. Finalmente cuando no pudo pescar más, la vendió sin conocer nunca personalmente al extranjero que la adquirió. Hoy cuando un mosquero pasa frente a ella no duda en afirmar, como si no hubiera cambiado de dueño, que esa es la “Casa del Bebe”.

El sol va cayendo en la inmensidad de la Patagonia Argentina, ato una mosca seca con la ilusión de fascinar a algún prodigioso habitante de algún remoto río. Mientras tanto, los cerros invitan al sol a esconderse. Todo se transforma. En ese momento mágico del crepúsculo, la vida se muestra en toda su magnitud y belleza. Espero ansioso el pique que antes de cada temporada habita en mis sueños de pescador. Lo invito a salir, a volverse realidad, a que salte de mi mente y se revele ante mis ojos. Pero nada sucede, mi mosca flota despreocupada, llevada por el fluir incansable de las aguas, con un murmullo que adormece. La luz se va desvaneciendo, pero… no toda… aún queda un resplandor que perdura, que se aloja detrás de cada piedra del río, que se refleja en el agua, que disfrutan los árboles en las riberas. La luz del “Bebe” lo envuelve todo y lo transforma en una leyenda. Entonces guardo mi equipo y me retiro casi a oscuras, comprendiendo que mi deseo, por lo menos esa tarde, no se hará realidad. Porque en lo profundo de ese pozón y bien adentro en mi corazón, vive la trucha más grande de todas, sí, pero ella aún espera por él.


Pablo Saracco.-

Fuentes y Fotografías: Revista Línea 4, Revista Safari, Revista Camping. Fotos originales de Bebe Anchorena.

 

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